Al fondo a la derecha

Esta noche es otra. He salido a pasear. Por todo lo fuera que permite ir de viaje en coche un sábado por la noche.

Por fuera de mí, que ahora mismo, es lo más dentro de mí que existe.

He viajado hasta entonces, hasta mi yo de hace 17 años. Con el frío propio de esa increíble ciudad que durante casi siete meses al año nos mantenía enfrascados en bufandas inmensas, me encaminaba a la facultad. Como cada lunes por la mañana, corría imparable a devorar la columna que aguardaba, paciente, “Al fondo a la derecha” del Tribuna Universitaria de Salamanca.

Raúl Vacas

Imagen de Jorge Manjón Bernal

Allí estaba él. Sus palabras. Su pasión. Su forma de abstraernos de la clase y del mundo, sus frases imposibles, sus comas apropiadas.

Hay artículos que huelen a café de máquina,
a sábanas pegadas, y a horas muertas […]
y van de boca en boca como besos furtivos

Aquellos versos aún resuenan en mi cabeza. Esos versos y muchos otros con los que desayunábamos poesía y sobre los que disfrutábamos de largas conversaciones en la barra de un bar. Los versos que compartíamos quienes amábamos esa forma de escribir, quienes soñábamos con un futuro viviendo de nuestras palabras. Aquellos versos se clavaron en nuestra memoria para siempre. Aquella mañana lo dije y, casi veinte años después, puedo prometer que permanecen impasibles al paso del tiempo.

Y entonces llegó Madrid. Su Pongamos que hablo. Lo que para mí era el futuro soñado, de repente se coló al fondo a la derecha y me regaló una mañana de lunes para no olvidar:

Madrid me gana el corazón.
Allí la vida es de otro modo. Allí la realidad es más confusa y fascinante (…)
Y en medio de esa algarabía, uno siente que es el dueño de una historia anónima,
que es uno más en esa cabalgata del trabajo y la rutina,
que el tiempo allí es más caro que las prostitutas,
que nadie teme al silencio,
que los pájaros no dicen ni pío y los taxistas ponen precio a cada paso.

Todo es orégano en Madrid.
Allí no puedo gritar, no puedo caminar sin gafas, no puedo contar chistes en el metro.
Tengo que atar cada palabra, desenvolver mi soledad, morirme un rato.
Pero me encantan los murciélagos del Ritz, el ruido del teatro,
el sueño de los árboles, la luna urbanizada.

Y el mañana llegó. Y entonces fui yo la dueña de esa historia anónima, quien debe atar cada palabra y aprender a desenvolver la soledad. Quien muere un rato.

Hoy en Madrid el cielo es del color de las aceras.
Llueve sin prisa.
Los coches han tomado la eme treinta y desfilan veloces y apretados como los ñus del Serengeti.
Y también la memoria tiene su autopista y su peaje,
y por allí transitan los recuerdos como coches de choque.

La memoria, de nuevo. La que ahora nos vuelve a unir, la que te echa de menos los lunes por la mañana. Este Madrid también te añora, Raúl.

Raúl Vacas. Porque crecimos con tu poesía. Porque eres una pequeña parte de nuestro pasado. Desde este pequeño rincón de Madrid te mando allí, a nuestra Salamanca, un recuerdo imborrable. Gracias por tanto.

 

 

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